viernes, 4 de mayo de 2018

El significado oculto de la sangre


“El alma está en la sangre” (Levítico XVII,14)
“La sangre es un fluído muy especial” (Goethe, Fausto)

Pocas cosas tienen un simbolismo tan poderoso como la sangre, que evoca tanto la vida como la muerte, la unión como el confrontamiento, el linaje, la fertilidad, los sacrificios y muchos eventos relacionados con el hombre y su cultura desde el principio de los tiempos.
La sangre es un fluido que a nivel vital sustenta a la persona y le permite descargar lo que no le sirve, y a nivel espiritual, le permite conectar con la respiración; el puente de unión de la personalidad y la consciencia. Al inspirar fluimos hacia adentro para conectar con nuestro interior, y al espirar volvemos a las relaciones del mundo exterior, permitiéndonos así vivir en el mundo interior de las imágenes y el mundo exterior de los seres vivos. Milenios antes de que Ibn al-Nafis, Miguel Servet y William Harvey describieran la circulación de la sangre ya el Deuteronomio afirma que “la sangre es la vida”, o más literalmente “la sangre es nefesh”, el alma vital. Y compartiendo este alma vital con los animales, en el libro del Génesis Dios ordena a Noé que “Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo. Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis”. 


Sangre y ancestros
Fausto firma su nombre con sangre
Un aspecto que siempre ha tenido gran importancia en todas las culturas es el del linaje, ligado a la sangre. Sin conocimiento del ADN o el código genético y en muy distintas civilizaciones, tanto en el tiempo como en el espacio, se ha venerado a los antepasados pues llevamos su misma sangre. Y para conservar un linaje determinado se ha practicado la endogamia, sagrada y real, por ejemplo entre los faraones de Egipto. Rudolf Steiner, fundador de la Antroposofía, escribió lo siguiente en El significado oculto de la sangre: En el reino humano, la sangre extraña mata lo que está íntimamente ligado a la sangre de la tribu; la clarividencia vaga y confusa. Nuestra conciencia de vigilia corriente es, por consiguiente, el resultado de un proceso destructivo. En el decurso de la evolución, la vida mental producida por la endogamia ha quedado destruida, pero la exogamia ha dado nacimiento al intelecto, a la amplia y clara conciencia de vigilia actual.”. Posteriormente, Steiner afirmá también que la sangre es la expresión material del yo superior o ego interno, y que ésta no puede plasmar algo diferente a lo que posee, y en su ya mencionado libro dice lo siguiente, refiriéndose al poder de la sangre según se refleja en la famosa novela Fausto del escritor alemán Goethe: “Fausto debe escribir su nombre con su propia sangre, no porque el Diablo sea enemigo de ella, sino, más bien porque desea obtener poder sobre la misma. Ahora bien, en ese pasaje se oculta una observación digna de tenerse en cuenta: que el que obtiene poder sobre la sangre de un hombre obtiene poder sobre el hombre mismo y que la sangre es un “fluido muy especial”. 


El corazón sede del alma

Y siendo el corazón el órgano que distribuye la sangre por todo el cuerpo, fue considerado en la antigüedad como la sede del alma para muchos pueblos, entre ellos los hebreos y egipcios, que extraían los órganos en el proceso de momificación excepto el corazón y los riñones. Incluso diferenciaban entre la víscera (haty) y la sede del alma (ib) en los jeroglíficos que describen la ceremonia del pesado del corazón en el juicio de Anubis
Desde la antigüedad, este órgano ha aparecido reflejado en diversas situaciones donde su representación ha llegado a caer en el mito y el misterio. Una de sus primeras manifestaciones conocidas data del final del período paleolítico, vista en el mamut de la cueva de El Pindal, en Asturias, pintura rupestre que muestra un gran corazón rojo pintado en el centro del animal. No se conoce si el hombre paleolítico lo pintó para señalar el lugar ideal para dirigir las flechas a fin de abatirlo, y hace pensar que quizá ya entonces existía la idea de que en el corazón estaba la fuente de la vida.

Entre las analogías simbólicas el simbolismo del corazón y de la rosa coincidieron en un punto de equivalencia. Cuando el corazón se ilumina, y es llenado por el conocimiento divino, se representa como una rosa de pétalos abiertos donde ha florecido la actualización de su naturaleza primordial. Otro símbolo relacionado con el corazón es el de la copa, recipiente de culto por excelencia, contenedor del Soma de los dioses hindúes o la ambrosía de las divinidades del Olimpo. En Egipto, el jeroglífico del corazón tiene la forma de un vaso. Y la copa nos remite al Grial conteniendo el líquido más sagrado, la sangre divina de Cristo y su acción redentora representada en la imagen del Sagrado Corazón. El Grial, como contenedor de la sangre divina, principio de vida, es el homólogo del corazón, y por consecuencia del centro.


Los sacrificios de sangre
“La sangre ha corrido, el peligro ha pasado” (Proverbio árabe)

En la sangre derramada vemos un símbolo perfecto de sacrificio. Todas las materias líquidas que los antiguos sacrificaban a los muertos, a los espíritus y a los dioses (miel, leche, vino) eran imágenes o antecedentes de la sangre, el más preciado don, facilitado en las esculturas clásicas por el sacrificio del cordero, el cerdo y el toro; y en las asiáticas, africanas y americanas, por los sacrificios humanos, como también en la Europa Prehistórica.
El sacrificio como ritual da un tremendo poder a las castas sacerdotales. A la hora de matar a un animal, en el momento del ritual, aquella persona que buscara el favor de los Dioses solía beber la sangre del animal, o pintarse la cara con ella.  Algunos sacerdotes en el mundo andino practicaron rituales de sangre vinculados con sacrificios humanos y de animales, o utilizaban el color rojo de algunos minerales a modo de sangre ritual. En la ceremonia del Triunfo en Roma el Pontifex Maximus pintaba de rojo el rostro del triunfador.


Sacrificando una vaca roja a Yahvé
El significado más primigenio del sacrificio debía ser la de aplacar la ira de los dioses. El sacrificio exige víctimas valiosas, como pueden ser los propios hijos; cuando los cartagineses vieron que estaban a punto de perder la guerra contra los griegos, los cartagineses, creyendo que habían despertado la ira de su dios Moloch, sacrificaron a decenas de niños como parte de una ofrenda. Este acto tuvo una peculiaridad: Se sacrificó no a los hijos de familias pobres sino a niños escogidos de entre las propias familias nobles de la ciudad. Este origen preciado de la víctima nos remite al sacrificio de Isaac: Dios ordenó a Abraham sacrificar a su hijo Isaac. Abraham obedeció a Dios, pero justo cuando Abraham estaba por sacrificar a Isaac, Dios intervino y proveyó un carnero para que muriera en lugar de Isaac (Génesis 22:10-13). La sangre era la expresión por excelencia de la fuerza vital, la cual podía tributársele a Dios en inmensas inmolaciones, tal y como la ordenada el rey sabio Salomón : “Entonces todos los hijos de Israel, viendo descender el fuego y la Gloria de Yahvé sobre la casa, se postraron sobre el pavimento, adoraron y alabaron a Yahvé: “Porque es bueno, porque es eterno su amor”. Luego el rey y todo el pueblo ofrecieron sacrificios a Yahvé. El rey Salomón ofreció en sacrificio 22000 bueyes y 120000 ovejas.”
Pero Yahvé no fue el único dios que recibió sacrificios, estuvieron también Baal, Marduk, Amón, Zeus, Júpiter, Viracocha, Quetzalcoatl y muchos otros más. De entre los mencionados, algunos exigían sacrificios humanos, y no solo de animales como los que pedía Yahvé. Así y por ejemplo, sobre el caso de la América Prehispánica: “El ofrecimiento sacrificial de humanos a un dios ha sido bien establecido sólo en pocas culturas. En lo que hoy es México la creencia de que el sol necesitaba de alimento humano condujo al sacrificio de miles de víctimas anualmente en los rituales del calendario azteca y nahua del maíz. Los incas ofrecían sacrificios masivos a la ascensión de un soberano.” (Enciclopedia Británica, 2007). Pero en situaciones desesperadas incluso la civilizada Roma recurría a sacrificios humanos; tras la hecatombre de Cannas se sacrificaron a Júpiter dos parejas de galos para obtener su favor contra Aníbal.

¿Por qué los dioses querían sangre? O mejor: por qué los humanos de muy diferentes épocas y culturas creían que su derramamiento era efectivo? Seguramente porque consideraban que la sangre era lo más preciado y precioso y que la hecatombe suponía un acto mágico, una especie de pacto con la divinidad para obtener su protección y sus favores. Este carácter sagrado de la sangre se ha utilizado en los llamados pactos de sangre, que han forjado alianzas de por vida y aún más allá si el pacto es con el diablo, pues la ecuación sangre = alma queda aquí bien representada, y el desdichado ha firmado con su propia sangre la venta de lo que ésta simboliza.
La primera plaga

La sangre también se relaciona con las maldiciones. En el libro del Exodo encontramos que la primera plaga de Egipto fue la de la sangre, Dios dio instrucciones a Moisés: Di a Aarón: Toma tu vara, y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto, sobre sus ríos, sobre sus arroyos y sobre sus estanques, y sobre todos sus depósitos de aguas, para que se conviertan en sangre, y haya sangre por toda la región de Egipto, así en los vasos de madera como en los de piedra”(Exodo 7). Pero la maldición más terrible es la que encontramos en el Evangelio de Mateo cuando Pilatos se enfrenta a la ejecución de Jesús. Los supuestos escrúpulos del pretor romano ante la sentencia de un hombre justo le hacen lavarse las manos y atender la petición popular que pide la muerte de Jesús, y se hace decir a éstos: “Caiga sobre nosotros su sangre y sobre nuestros hijos”. Esta maldición ha caído en efecto sobre el pueblo judío, considerado deicida por los cristianos, descargando de responsabilidad a la autoridad romana, la única que de hecho podía sentenciar a la cruz. Las consecuencias históricas de esta supuesta automaldición son bien conocidas.


Un análisis cabalístico de la sangre

La sangre en hebreo es דם (dam). Las letras que componen la palabra hacen referencia al agua (ם mem) y a la palabra (ד dalet), lo cual sugiere un “agua que habla”, y así es pues el código genético se encuentra en los glóbulos blancos de la sangre, como también en otras células del cuerpo. La misma raíz la encontramos en palabras como tierra (אדמה adamah), el color rojo, tan relacionado con la sangre (אדום adom) y el primer hombre (אדם Adam). Hay también una similitud con mar (ים yam) y es que probablemente la sangre tenga su origen en el plasma marino, pues tanto el agua marina como la sangre comparten cierta estructura y cierto equilibrio interior en relación a sus elementos. El agua de mar es un plasma parecido a la sangre humana, pero es más salino, tiene más cloruro sódico que nuestra sangre.
Pero además de la composición química de la sangre y de su función de comunicación orgánica con todo el cuerpo, tanto para mantener la vida como para ponerla en peligro al transportar agentes patógenos, función ya reconocida en el Talmud: “Yo, la sangre, soy la causa principal de las enfermedades”, la sangre es el vehículo que porta la energía del Nefesh, el alma vital o alma vegetativa y que actúa como interfaz entre lo espiritual y lo físico.
La guematria de la palabra sangre דם es 44 (dalet=4, mem=40) y podemos relacionarla directamente por este valor con el Nombre Divino, יהוה, ya que sumando el valor del nombre de las letras que componen el Tetragrama obtenemos 44:


Iod (יוד) 20
He (הא) 6
Vau (וו) 12
He (הא) 6 

La suma de estos valores es igual a 44. Y si sumamos este valor 44 al valor del Nombre Divino que es 26 obtenemos 70, la guematria de sod (סוד) secreto. Este secreto tiene un aspecto digamos más obvio, como lo es el Brit Milah, literalmente “pacto de la Palabra”, la circuncisión: “Cortarán la carne de tu prepucio y ésa será la señal del pacto entre nosotros” (Génesis 17,13), un pacto que de algún modo es un pacto de sangre. El Zohar (II-41) afirma que la marca de sangre que hicieron los judíos en sus puertas durante la última plaga egipcia era la letra Iod (י) “para enseñar la marca del pacto sagrado”. ¿Estaba esta letra escrita con sangre? Lo más seguro es que sí, y eso recuerda al famoso dicho “la letra con sangre entra”, que es más literal de lo que parece si sabemos que Dios en ladino se decía “Dio”, y Dio (דיו) en hebreo quiere decir tinta. La expresión “sangre y tinta” (ודיו דם) suma también 70, que como hemos visto es el valor de secreto.

Los tres velos de la existencia negativa
Siguiendo con el secreto, vemos como después de la liberación del pueblo judío de su esclavitud en Egipto tras la décima y última plaga (Iod vale 10 por cierto), se encuentra con la tremenda barrera del Mar Rojo. En realidad el nombre de este mar es סוף ים, (Iam Soph, Mar de Juncos), pero es que la palabra סוף significa, además de junco o caña, límite. Y si sustituimos la palabra mar (ים) por אין nada, sin, obtenemos literalmente sin límites, ilimitado, סוף אין, Ain Soph, el Segundo Nivel de Inmanifestación, el Infinito del que emanan las diez sefirot.


Y si obtenemos la diferencia de la guematria de Iam Soph y Ain Soph:
סוף ים  = 196
סוף אין   = 207

207 – 196 = 11  El valor del nombre más oculto de Dios, las dos últimas letras del tetragrama:  יהוהוה vau(6) + He(5)


El Zohar en su Midrash del alfabeto hebreo y la creación, en que cada una de las 22 letras se presenta ante Dios suplicando “¡Crea el mundo a través de mí!”, estas dos letras, Vau y He, son apartadas de la tarea de la creación porque al formar parte del nombre más escondido de Dios no podían dedicarse al servicio mundano. Y aquí un sorprendente descubrimiento de mi maestro, Jaime Villarrubia, que encuentra estas dos letras representadas por su valor numérico en nada más y nada menos que el ARN y el ADN, los ácidos nucléicos que conforman el código genético.

Podemos representar los números 5 y 6 como las letras ו ה  en hebreo o V y VI romanos o en nuestra notación arábiga o bien en cualquier otro alfabeto, pero universalmente el concepto abstracto que suponen estos grafemas puede representarse por una figura geométrica, concretamente un pentágono y un hexágono.
Y esa es la estructura química de las bases que conforman el ARN y ADN. ¿Será esto una casualidad o la huella divina en nuestro programa genético?


Estructura de los ácidos nucléicos






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