domingo, 16 de mayo de 2021

¿Qué es la Divinidad?

                   

 “Y quienes buscan a Dios entenderán Todo” (Proverbios 28:5)

 

Cuando contemplamos cualquier obra de la naturaleza, si ponemos la suficiente atención nos daremos cuenta de la existencia de algo común a todos los seres tanto animados como inanimados, ya sea una flor o una nube, un árbol o un animal, una esplendorosa puesta de sol o la maravilla de un cielo estrellado, todo eso comparte un atributo indudable: la belleza. Y esa belleza que el hombre siempre ha intentado emular responde indudablemente a una cualidad: la armonía. Y buscando el origen de esa armonía que se traduce en belleza el hombre, ya en la antigüedad, ha encontrado que obedece a un patrón, un patrón numérico conocido como la proporción áurea, el número de Dios o el número Phi (por Fidias, arquitecto del Partenón).

El número Phi puede obtenerse a partir de la Serie de Fibonacci. La serie de Fibonacci es una sucesión definida por recurrencia. Esto significa que para calcular un término de la sucesión se necesitan los términos que le preceden: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144, 233, 377, …. Cada número es la suma de los dos anteriores. Esta secuencia fue descrita por el matemático italiano Leonardo de Pisa (Fibonacci) quien nació en 1170 y murió en 1240, mucho antes de ser conocida en occidente, la sucesión de Fibonacci ya estaba descrita en la matemática india.


Representación de la espiral áurea

El hombre ha utilizado esta divina proporción en numerosas obras de arte, imitando con ello la armonía matemática de la naturaleza. 

La pregunta que nos hacemos entonces es: ¿De dónde procede esa inteligencia que ha dado lugar a una planificación tan perfecta? Porque el azar de ningún modo puede definir patrones matemáticos como los que subyacen en la naturaleza. Encontramos aquí una aproximación a la Divinidad como Gran Arquitecto del Universo, definido en la masonería como “un principio creador, superior, ideal y único que se denomina Gran Arquitecto del Universo, cuya interpretación es personal y absolutamente libre para cada masón (art. 3º de la Constitución de la GLMU).

Se afirma pues la existencia de un Ser Supremo, independientemente de los distintos nombres que dan las religiones a Dios, y ésto se hace desde la razón, pues se reconoce la inteligencia subyacente en todo el Universo. No existe pues un Dios masónico, sino un concepto universal de la divinidad que cada hombre puede adaptar a su propia religión. 


La aproximación a la Divinidad desde la naturaleza es seguida 
por el filósofo Baruj Spinoza. Cuando preguntaron a Albert Einstein si creía en Dios respondió: Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la reglada armonía de todo lo que existe, pero no en un Dios que está preocupado con el destino y obras de la humanidad. La concepción de Spinoza se consideró una herejía de panteísmo, pues Dios es conceptualizado no como
ente personal y personificado que dirige la existencia externamente a ella, sino como el conjunto de todo lo existente, que se expresa tanto en la extensión como en el pensamiento. Dicho de otro modo, se considera que Dios es la propia realidad, que se expresa a través de la naturaleza. Ésta sería una de las formas particulares en que Dios se expresa. El Dios de Spinoza no daría una finalidad al mundo, sino que éste es una parte de Él. En síntesis, para Spinoza Dios es todo y fuera de él no existe nada. Esta visión de la Divinidad se aproxima mucho a la del Vedanta Advaita, y también a la de la Cábala, que denomina a Dios manifestado en la naturaleza con el término femenino de Shekináh.

Siendo la naturaleza la propia divinidad manifestada, es pertinente considerar que dicha Divinidad tiene un aspecto inmanifestado, a partir del cúal surge todo lo que conocemos en el mundo material e inmaterial.  El gran gñani advaiti Nisargadatta Maharaj habla de la unidad esencial de lo inmanifestado y lo manifestado. El Noumeno es el substrato original, un estado de potencialidad pura, de "vacuidad no vacía sino plena". En ese estado original surge la consciencia: el pensamiento “Yo Soy”. Entonces el Noumeno se refleja especularmente en el universo fenoménico. Para verse a Sí Mismo el Noumeno se objetiviza en fenómeno, y surge la primera dualidad básica: el principio de lo masculino (Purusha) y de lo femenino (Prakriti). Asímismo, para que los fenómenos puedan desarrollarse surgen el espacio y el tiempo.

Tenemos pues los mismos principios que en la Cábala se denominan Ain Sof Aur (lo Inmanifestado, el Noumeno), la sefirá de Kether (la Consciencia “Yo Soy”, el Parabrahman) y las sefirot de Jokmah (lo masculino, el espacio, la energía) y Bináh (lo femenino, el tiempo, la forma).

 

El Taoísmo también considera lo Inmanifestado, el “No Ser” o la “Nada” como el auténtico origen de toda la manifestación. El Tao es concebido como una entidad metafísica que está más allá del intelecto humano.

En el Tao te King leemos:

No existencia y existencia son uno y lo mismo en su origen; sólo se separan cuando se manifiestan”

“El principio del cielo y la tierra se hallan en el No Ser. Regreso es el movimiento del Tao. Debilidad es el proceder del Tao. Todo lo que hay surge del Ser. El Ser surgió del No Ser


El Señor Venerable, el Tao, se encontraba en reposo, más allá de la desolación, en silencio, en el vacío misterioso…Dicen que Él/Ella está ahí y no veo una forma, dicen que Él/lla no está ahí, sin embargo los seres lo siguen de por vida”.

Los dos principios opuestos en la manifestación serían según el Taoísmo el principio masculino activo: Yang, y el principio femenino receptivo: Yin.

 

Si la naturaleza nos dá una aproximación racional a la divinidad, otra aproximación, más subjetiva, sería el concepto de Transcendencia. Aquí la divinidad sería lo que trasciende al ser humano, junto con lo que está escondido en su esencia más profunda. La otra interpretación de trascendencia es “lo que está más allá de toda conceptualización”. En consecuencia, no se puede tener ninguna conceptualización de lo que es trascendente, porque va más allá de cualquier concepto de la mente humana. En su sentido básico, lo que trasciende es lo que trasciende toda conceptualización, toda categoría, toda nominación y está más allá de todos los nombres y las formas. A diferencia de lo anterior, aquí el acento se pone en la subjetividad, pues no es posible definir a Dios, ya que entonces no tendríamos a Dios, sino un concepto de Dios, que son cosas muy distintas. Toda definición se hace sobre un objeto, y Dios no es un objeto sino el Único Sujeto.

 

Aquí surge una cuestión esencial, y es que la palabra Dios (derivado de Theus) con mucha frecuencia nos remite a un Ser distinto de nosotros, y por tanto separado, y al que se le van atribuyendo diferentes cualidades. Es decir: se le convierte en un objeto. Es en ese sentido en el que muchos ateos consideran que es el hombre quien crea a Dios. Siendo natural que el ser humano requiera concretar de algún modo la etérea y escurridiza divinidad para poder relacionarse con ella, llegando incluso a darle forma física en distintas representaciones según las diversas religiones, el paso a la idolatría resulta inevitable, ya que para muchas personas es difícil considerar que esas imágenes no son de por sí sagradas, sino solo meros recordatorios de la divinidad. En el hinduismo, por ejemplo, conviven los cultos idolátricos a los dioses y diosas de la gente sencilla con el concepto de Brahman, absolutamente indefinible (neti neti “no esto, no aquello” dice el vedanta advaíta). El Islam y el Judaísmo prohíben por esa razón las representaciones de Dios. El primer mandamiento del Tzalaj lo indica claramente:

Yo Soy el Eterno, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. No tendrás otro Dios ante mi Faz”. (Exodo 20:2-3)

ante mi Faz”, en hebreoעל פני   (al panaí), que vocalizado como el penaí significa “vacuidad”. 


Nagarjuna
Esta vacuidad la encontramos en el concepto budista de shunyatalo que es vivo, dinámico, vacío de materia, no fijado, mas allá de la expresión individual o personal y la matriz de todos los fenómenos”.  

La palabra vacío implica la potencialidad para la existencia y el cambio, es decir; la fuente esencial de la vida misma, la matriz de la existencia. La vacuidad es el fundamento de todo. "Gracias al vacío, todo es posible". (Nagarjuna)

Esta Vacuidad coincide con un aspecto esencial de la Divinidad, el de Fuente de toda la manifestación.


Es importante señalar que, numéricamente, el número cero representa a este vacío, y que este número es de origen indio. El término “cero”, al igual que el término “cifra”, deriva etimológicamente del árabe “sifr” (que significa ‘vacío’), y éste es la traducción del nombre original para el cero: el sánscrito “shunya” (literalmente ‘vacío’). El cero es, pues, el vacío matemático, y como tal simboliza a la Divinidad antes de su manifestación

En En Cábala se habla de Los 3 niveles o Velos de Existencia Negativa:


   

           Ain אּיּן (Nada) 

           Sof סּוּףּ (Infinito,Ilimitado) 

           Aur  ﭏוּרּ(Luz). 


Ain es lo Inmanifestado Absoluto. No es un Ser, es la Nada, la "no Seidad". Ain Sof  es el Infinito. Al hacerse Consciente de Sí Mismo, el Ain se convierte en Ain Sof. Surge la conciencia de Ser, la "Seidad". Ain Sof Aur es la Luz Infinita. El Ain Sof deviene en Luz Infinita Ilimitada. Se produce una contracción, el TzimTzum זּוּם זּוּם , que genera un vacío en el que se producirá la manifestación de todo el universo fenoménico. La primera emanación de este Inmanifestado es la esfera de Kether, que representa la Unidad, el Ser Unico y Existente por sí Mismo, al que comúnmente llamamos Dios, y cuyo nombre en Kether es Ehiéh אּהּיּהּ

Isaac El Ciego, en el Sepher Ha Bahir nos acerca al concepto de Ain Sof o Ein Sof:

Debes saber que todo lo que es visible y todo lo que pueda ser captado por medio de la capacidad del corazón humano es limitado, y todo lo que es limitado tiene un fin, y todo lo que tiene un fin carece de valor. Partiendo de esta constatación, lo que no es limitado debe llamarse Infinito –En-Sof- y que es indiferenciación absoluta en la unidad perfecta sin alteraciones. Si algo es infinito, nada existe que sea exterior. A medida que se eleva es el principio esencial tanto de lo secreto como de lo manifiesto. A medida que se oculta, es la raíz tanto de la fidelidad como de la rebelión, y respecto a esto dicen las Escrituras “Por su fidelidad, el justo vivirá”. Los filósofos concuerdan con quien afirma que no es capaz de definir el Infinito, salvo de manera negativa. Las entidades que emanan del Infinito son las sefirot.


Tenemos pues que la divinidad anterior a toda manifestación es por completo inasequible al entendimiento humano, pues éste es limitado e incapaz de contener el infinito. Y, por ende, no hay posible relación con él, pues está más allá de todo concepto imaginable


Si el cero representa numéricamente a la divinidad antes de su manifestación, el uno, como representante de la Unidad, es la característica principal de dicha divinidad en su manifestación, ya que representa a la Totalidad:

Él es el primero. Él es el último. Él es el exterior. Él es el interior. No conozco a ningún otro aparte de Yâ Hû y Yâ Mân Hû” (Oh, Él, y Oh Él que es, dos de los gritos más habituales de los derviches)


El Tratado de la Unidad de Ibn’ Arabî se explaya sobre este aspecto, afirmando que la Unicidad y la Singularidad son los únicos velos de Allâ:


Ibn' Arabî

"Porque Él es el Primero y el Último, lo Exterior y lo Interior.

Él aparece en Su unidad y se esconde en Su singularidad.”


Que es el Único Sujeto se deduce de quesólo Él existe y no puede dejar de existir puesto que jamás vino a la existencia”. Por consiguiente, la propia existencia de otro sujeto es ilusoria:Tu no puedes cesar de ser, porque no eres. Tú eres Él y Él es tú, sin ninguna dependencia o casualidad”…  Pero si conoces el ti-mismo, es decir, si puedes concebir que no existes y que, por tanto, no puedes extinguirte jamás, entonces conoces a Allâh. En otro caso, no”.


El vedanta advaita también afirma la unicidad de la Divinidad. Las palabras de Sankaracharia recuerdan mucho a las de Ibn’ Arabî; Aquello que lo impregna todo, que nada lo trasciende y que, al igual que el espacio universal que nos rodea, lo llena todo por completo, por dentro y por fuera, ese Brahman Supremo y no dual: eso eres tú.” 


En Cábala, la primera manifestación del Ein Sof es el punto, y éste corresponde a la sefirá de Kether, cuyo significado: “Corona”, remite tanto a la máxima realeza: sólo Dios posee la corona, como a un vacío,  vacío que permite que el flujo de la Luz del Ein Sof llegue a nosotros. Pero para recibir esta Luz en su plenitud hemos de vaciarnos de nuestra subjetividad, porque no puedo conocer nada si yo soy algo. Sólo “Cuando te extingues, Le conoces”, como escribe Ibn’ Arabî en su Tratado de la Unidad. En el Árbol de la Vida la barrera del Abismo solo puede cruzarse cuando el yo (Aní אני ) se convierte en nada (Ain אין)




La sefirá de Daat, "El Conocimiento", se encuentra sobre la barrera del Abismo, ya que para conocer se requiere un sujeto conocedor y un objeto a conocer. Cruzar esta barrera significa superar esa dualidad.

Sufismo, Vedanta advaíta y Cábala coinciden en la Unidad de la Divinidad. Pero ¿qué caracteriza principalmente a dicha Divinidad? El ser intemporal.

Aquello que reside en todos los seres y que a su vez está en todos los seres, que da la gracia a todos, que es el Alma Suprema del universo y el ser ilimitado: yo soy Eso” (Amritbindu Upanishad).

El ser intemporal es la fuente tanto de la vida como de la consciencia. Nisargadatta Maharaj lo expresa así: “El Noumeno, Eso que Es, solo puede Ser, y solo puede Ser Ahora. A falta de espacio y tiempo conceptual no puede haber absolutamente ningún dónde ni cuándo para que ninguna cosa sea”. 


El nombre divino de la primera sefirá, Kether, es אַהּיּהּ , Ehieh  "El Que Es".  אהיה אשר אהיה  “Yo Soy el que Soy” (Ehieh asher ehieh) fue la presentación a Moisés en la zarza que no se consume, símbolo de la indestructibilidad del Espíritu


Y el Nombre Divino, יהוה el Tetragrama impronunciable, al que los judíos se refieren como “Ha Shem” (literalmente, El Nombre), y los cristianos llaman Yavéh, no existe como palabra corriente, sino que es construída a partir del presente del verbo ser: הוה  (Havéh)  y el prefijo י que indica la tercera persona del futuro, indicando el ser que es ahora y continúa siendo en el futuro. Es interesante observar como en el judaísmo Dios no sólo no puede representarse con imagen alguna, sino que su nombre más sagrado tampoco puede pronunciarse. Y es que sería encerrar lo ilimitado e intemporal en símbolos y palabras, lo cosificaría, abriendo paso a la idolatría. Después de todo, el Tetragrama no es sino el despliegue de los 4 Niveles de Manifestación del Ein Sof, a partir de sus cuatro letras (Yud, Hei, Vav, Hei).

 

Esta cualidad de “seidad” es lo que más aprecia el hombre sobre todas las cosas, pues sin ella, sin la presencia consciente aquí y ahora, no hay universo, no hay Dios. 

Ese ser intemporal es tanto la fuente de la vida como de la consciencia. En términos de tiempo, espacio y causalidad es todopoderoso siendo la causa incausada, todo-penetrante y eterna, en el sentido de no tener principio ni fin y estar siempre presente. Al ser incausado, es libre. Siendo todo-penetrante todo lo sabe. Al ser indiviso, es feliz. Vive, ama y se divierte eternamente, formando y reformando el universo. Todo hombre lo tiene, todo hombre lo es. Pero no todos se conocen a sí mismos tal y como son, y por ello se identifican con el nombre y la forma de sus cuerpos y con el contenido de sus consciencias”. (Yo soy Eso, Conversaciones con Nisargadatta Maharaj)


Nuestra relación con la Divinidad.

La relación con la Divinidad ha pasado por diversas fases en la historia de la humanidad. Los pueblos mal llamados “primitivos” viven una conexión poderosa con la Fuente, que en su caso está estrechamente ligada a la naturaleza. No olvidemos que, para la Cábala, la naturaleza como manifestación es el Principio Femenino de la Divinidad, conocida como Shekiná. El paso del Paleolítico al Neolítico supone probablemente un paso de la organización matriarcal a la patriarcal. Aparecen entonces los dioses uránicos, es decir; celestes. Y la relación se hace entonces más lejana, como muestra una plegaria de las tribus fangs de África ecuatorial: “Nzame (Dios) está arriba, el hombre está abajo. Dios es Dios, el hombre es el hombre. Cada uno en su casa, cada uno en su morada”. Sólo se acuerdan de este Dios cuando truena, y no suelen ofrecerle culto ni tienen una relación con él como con, por ejemplo, los espíritus de sus antepasados. El conjunto cielo-creador-soberano-universal es común a muchas civilizaciones, y siempre con ese tinte de lejanía y, a su vez, de omnipresencia. Los mongoles creían que Tengri (el cielo) lo ve todo, y al hacer un juramento proclamaban: “¡Qué el cielo lo vea!”. 


La relación con la divinidad es muy distinta si, en vez de verla como algo lejano y externo a uno mismo, la vemos como algo íntimo e inefable, que nada tiene que ver con el pensamiento, y sí con una Presencia que sentimos tanto dentro como fuera de nosotros. Ver a Dios de un determinado modo es un error. “Tenéis la idea de que Dios solo se muestra de una única manera. Esa es una idea muy peligrosa.  Eso os impide ver a Dios en todas partes. Si crees que a Dios se le ve y se le oye sólo de una manera, Me mirarás sin verme día y noche. Te pasarás toda la vida buscando a Dios y no le encontrarás; precisamente porque estarás buscando a alguien”. (Conversaciones con Dios I)

Y cuando la relación deja de ser dual, entonces sólo puede quedar Uno, concluyendo en una auténtica transformación en Eso, ya que en el más alto nivel del alma no puede existir sino la Unidad. Ese es el estado llamado Amor, no un sentimiento, sino un estado del ser en el que no existe la dualidad. El Amor es la experiencia de Dios.

El místico San Juan de la Cruz lo expresa maravillosamente en su Noche oscura del alma:



“¡Oh noche que guiaste!

 ¡Oh noche amable, más que el alborada!

 ¡Oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en Amado transformada!”.

 





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